sábado, 26 de noviembre de 2011

A la memoria de mi padre (VI)

Capítulo VI


El miércoles se presentó temprano al trabajo y comenzó con la faena de surtir la tienda central. Fue a eso de media mañana cuando le avisaron que Don Juan requería de su presencia en el despacho.


- Buenos días, adelante muchacho.
- Buenos días Don Juan. ¿En qué puedo servirle?

El rostro de Don Juan no era el usual, se le notaba serio, austero. A pesar de su usual cortesía, el tono de voz era grave. No era el que él estaba acostumbrado a escuchar. ¿Acaso alguien le habría contado sobre lo del día anterior? ¿Estaría molesto porque no le dijo la verdad? Trataría de explicarle su relación con los muchachos, que era como su única familia.

- Te llamo acá pues no quiero hacerte avergonzar frente a los demás dependientes. Se ha presentado una denuncia en contra tuya por robo.

Quedó pálido, no sabía que contestar ante lo insólito de lo que oía.

- Le he dicho al oficial policíaco que yo mismo te conduciré a la audiencia. Quiero que me cuentes, pues no puedo creerlo, siempre te he considerado una persona honesta.
- Don Juan eso es una mentira, usted sabe que yo no soy persona de robar. ¿Acaso ha faltado algo en el almacén el tiempo que llevo trabajando?
- Esa es mi impresión, pero la acusación es grave; así que sincérate conmigo. El delito fue cometido ayer y tú me dijiste que estabas enfermo.

Alejandro viendo que no tenía otra salida que contar la verdad procedió a narrarle todo lo acaecido el día anterior y su relación afectiva con la cuadrilla de amigos. Don Juan escuchaba escudriñándole el semblante, tratando de leer en el mismo la sinceridad del joven.

- Me hubiese dicho toda la verdad antes de ausentarte y aunque me hubiese contrariado trataría de entender. Pero al mentirme me has puesto en una posición comprometida, ya le declaré al oficial sobre la excusa de tu enfermedad. Pero vayamos hasta la audiencia a ver de qué se trata la acusación y cómo podemos arreglar este enredo.

El tribunal municipal localizado en la calle San José quedaba a un par de cuadras del almacén. Don Juan fue caminando junto al muchacho y entraron por la puerta principal que da a la Plaza de Armas.

- Buenos días oficial, vengo a ver a Don Justino Zacarías, el juez de instancia.
- Buenos días Don Juan, gracias por traernos al encausado. Tome asiento mientras le aviso al juez. Tú muchacho, ven conmigo, hasta que no se vea el caso estás detenido.

Le trasladaron a la celda provisional que se tiene para los que compadecen a juicio. Una hora más tarde se presentaba ante el juez.

- Todos de pie, el honorable tribunal entra en sesión.

Comenzó el desfile de los encausados del día para alegar inocencia o aceptar culpabilidad. En cada instancia la fiscalía exponía la prueba correspondiente y se debatía someramente. El juez determinaba al instante cualquiera de las siguientes alternativas: culpable para quien admitiera los cargos, asignando una posterior fecha para sentencia; inocente para donde la prueba presentada era demasiado pobre o contradictoria; y sumariado o con fianza para un posterior juicio a fondo, ya que el imputado no admitía los hechos pero la prueba desfilada era robusta.

     Alejandro fue el sexto en presentarse en sala.

- Diga su nombre al honorable tribunal
- Alejandro
- ¿Alejandro qué? ¿Acaso no tiene usted padre y madre?
- Alejandro Rivera, que dicen se apellidaba mi mai.
- ¿Cómo se declara usted de los delitos imputados por el ministerio público?

Don Juan se levantó y tomó la palabra.

- Honorable juez, pido de su venia para intervenir por el muchacho, es muy joven y no conoce de estos procedimientos y formalidades. Agradeceré me informen quién le acusa y de qué delito. ¿Con qué pruebas se evidencia la alegación?

El juez, que previamente se había entrevistado con el peticionario, conocía de la buena pro de Don Juan Urrutia. Dándole una mirada al fiscal de instancia dijo:

- Haremos una excepción por esta vez al procedimiento normal de esta corte en consideración que el acusado es un menor de edad y nos solicita una persona distinguida dentro de nuestra sociedad. Licenciado Clavel, puede usted ponernos al tanto de los pormenores del caso.

El licenciado Clavel, representante del ministerio público, se acercó al estrado e invitó a Don Juan para que se aproximara. Hablando en un volumen bajo y en un tono sosegado, tal que el resto de los presente no oyera, procedió a informar los detalles del caso.

- Temprano en la mañana de hoy se presentó en el cuartel de la calle Marina, el señor Atanasio Bermúdez. Denunció que esta madrugada al despertarse para ir a su trabajo se percató que le faltaba dinero en su cartera. Dice que ayer cobró el jornal de dos semanas de trabajo y ésta consiente que le faltan alrededor de cuarenta pesos (sic dólares). Alega que ayer en la tarde vio al imputado en la taberna de Don Eulogio Sotomayor, localizada en la calle Luna, celebrando con una padilla de callejeros y pagando a todos sus compinches por lo que consumían. Por eso, esta mañana atando cabos, dedujo de dónde salió el dinero y denunció al ladrón.
- Luego de realizada la denuncia se originó la investigación de rigor. Don Eulogio Sotomayor confirmó la celebración, pero dijo que era por un botín que los muchachos habían encontrado en el fondo de la bahía. Añadió que como son cosas de muchachos no puede afirmar ni negar la veracidad de lo que decían.
- Más tarde acudió un oficial de ley a donde pernocta el acusado. Solicitó y obtuvo el permiso del dueño del apartamento para requisar el cuarto del imputado. Hallándose allí escondido en una bolsa debajo de la colchoneta del catre la cantidad de treinta y cinco pesos, que se presupone es el fruto del delito denunciado.
- A mi entender el caso es evidente.
- O muy circunstancial, replicó Don Juan.

Don Justino alzó la mano solicitando a los dos calma. Conocía de referencia a los dos involucrados. A Alejandro por que en ocasiones había llevado mandados a su residencia y su esposa le había comentado de lo responsable que era el muchacho. A Atanasio, el Chano, por medio de la impresión que le había dado su hija de lo contado por su amiga Lucrecia.

- Este asunto lo terminamos aquí y ahora. El caso queda sobreseído. Dudo sobre tal acusación, si el joven tuviese tal inclinación hace tiempo lo hubiésemos detectado. Constantemente lleva mandados y cobra en efectivo lo cual le daría oportunidad para sisar y por la experiencia que se ha tenido nos dice lo contrario. De otro lado no hay una explicación razonable de cómo obtuvo el dinero. Dándole la duda al Señor Bermúdez se le restituirá lo encontrado a cambio de que no prosiga con su alegación.


- Don Juan, usted hable con el Señor Alcalde. Él me comentaba en pasados días de una institución, que no es cárcel, donde muchachos como Alejandro, que no tienen familia, pueden estudiar y aprender oficios. Sospecho que aunque la acusación sea falsa, el mantenerlo expuesto al mismo ambiente puede llevar a que se descarrile. Mejor cortemos por lo sano. Que aunque de momento duela el que se le envié a la institución, más tarde lo agradecerá.

Dando un malletazo llamó al siguiente caso.

31 de julio 2009



Juan Ricardo Germán
E-mail: amendezjr@hotmail.com







martes, 15 de noviembre de 2011

A la memoria de mi padre (V)

Capítulo V


- ¡Alejo! Llega un barco el martes. Pide permiso en la tienda, que vienen turistas de dinero según me dicen.

     A sus quince años Alejandro ya era empleado temporero en los Almacenes la Giralda. Se ocupaba de acomodar la mercancía importada en el depósito central y desde allí surtir los estantes de los diferentes departamentos de la tienda.

- Veré a ver que me invento. No me gusta quedar mal con Don Juan, el gallego es estricto en sus cosas.

     Conoció a Don Juan Urrutia, el dueño de la Giralda un día en la plaza mientras lustraba zapatos. El don quedó satisfecho con el brillo del calzado y le dio cinco centavos en vez de los tres que era usual. Desde entonces fue un cliente habitual del muchacho. Así, poco a poco, se conocieron. Fue reclutado inicialmente para hacer mandados, más tarde como repartidor a domicilio de los clientes próximos a la tienda. Meses más tarde lo acomodaron en el almacén donde recibía una peseta por día de trabajo, aparte de las propinas por las entregas realizadas. Con el salario devengado logró tener cama fija en el apartamento de Don Andrés, antiguo vecino de su finada madrina. Ya contaba con dos mudas de ropa presentables, aparte de la ropa diaria de trabajo.

     Herminio insistió.

- Me dicen que son gente de alto copete, de mucha lana los que vienen. No le dejaremos el botín a los esmallaos de Cataño.
- Cuenta conmigo, le diré a Don Juan que me encuentro indispuesto con un dolor de cabeza por un resfriado.

     El martes el vapor Concorde arribó al puerto de San Juan. El trasatlántico de lujo había partido una semana antes desde Nueva York transportando una clientela selecta. Era un grupo de la alta sociedad huyendo de los rigores invernales. Venían con la curiosidad de ver el recién adquirido territorio y conocer los nativos. Descendientes de los Morgan, Rockefeller, Vanderbilt, Carnegie, Armstrong y Couger, junto a sus amistades y servidumbres, aprestaban a valorar las oportunidades que pudiese ofrecer la isla para sus intereses. A la vez hacer aportaciones caritativas para contribuir a la civilización de los isleños.

- ¡Mira, mira! Lo que tiran no son vellones, son pesetas.

     A cada tirada de monedas por parte de los visitantes una retahíla de chicuelos se tiraba a zambuir para lograr su dinerito. Los turistas del Concord sonreían con los esfuerzos de los muchachos en la búsqueda de las monedas.

     Bajo el ardiente sol del mediodía se podía apreciar a través de las traslúcidas aguas a los nadadores sumergirse para capturar las anheladas monedas. Además de la cuadrilla capitalina, tal como se esperaba, la voz se había regado hasta el otro lado de la bahía, y los muchachos de Cataño se encontraban presente en búsqueda de su tajada.

- Los afrentaos esos siempre se enteran cuando viene un barco con gente importante. Si fuese uno de pasajeros comunes no tendrían tanto afán.

     Mientras tanto en la cubierta del Delaware una pareja comentaba:

- These boys are really something; let’s see when I start throwing silver dollars.
- Nelson please, doesn’t fool with those poor kids. If you want to help, give that money to the mission charities.
- Will do, but let’s see the boys enjoying themselves. It’s fun for them.

     Alejandro, experto en estos menesteres, no gastaba sus energías detrás de monedas de poca monta. Sabía que llegando al final es que se lanzaban las monedas de más valor.

- Alejo, siempre pendiente, esperando a ver si los de la banda allá se cansan. Hasta ahora el Guillo se ha llevado la mejor parte; los muy sobraos.

     Guillermo, mejor conocido como Guillo, era un joven nadador de Cataño un poco más joven que Alejo. Años más tarde haría historia al ganar la primera competencia del cruce a nado de la Bahía de San Juan y representar al país en los Juegos Panamericanos de Panamá.

- Tranquilo Herminio, veremos a ver cuando comience a llover dinero de verdad, a ver quien se lleva el botín.

     A la distancia se vio el relucir del brillo del primer dólar de plata. Se creó la expectativa produciéndose un momentáneo silencio. Ahora comenzaba la competencia fuerte, donde se dejaba que sólo los mejores nadadores fuesen tras los premios. Al momento que la moneda surco hacia el espacio; Herminio y Alejo por San Juan y Víctor y Guillermo por Cataño se erguieron para determinar donde impactaría. Resueltos se lanzaron en frenético nado para llegar primero al sitio determinado. Guillo demostró mayor rapidez, pero la moneda comenzó a hundirse; era necesario zambuir. Los cuatro se sumergieron comenzando bajo el agua la descomunal batalla. Se entrelazaron piernas y manos; se suscitaron empujones y jalones de lado y lado. Cada pareja luchando en equipo, uno para conquistar la presa y el otro para aguantar al adversario. Al fin, Alejandro se alzó con la moneda.

     Al subir a la superficie, Víctor le regresó el pantalón que le había quitado a Herminio en la pelea. Todos se echaron a reír. Por cerca de media hora más continúo repitiéndose la competencia por otras monedas de uno y de cinco dólares. Cada grupo se sintió satisfecho, aunque la cuadrilla de San Juan, en particular Alejo, cargó con más de cuarenta pesos. Suma superior a cuatro meses de sueldo. Luego de repartirle a cada uno al menos una peseta, los convidó a la taberna de Eulogio para pagarle un refresco.

     Eran las cinco de la tarde y algunos de los clientes fijos comenzaban a pulular cuando llegó el entusiasta grupo.

- Don Eulogio, un refresco para cada uno de los que vienen conmigo, que hoy pago yo.
- ¿Muchacho, que te pegaste en la lotería? Ahora mismo los sirvo.

     Entre risas y bromas comentaban las incidencias de aquella memorable tarde. En un extremo de la taberna escuchaban atentos tres parroquianos, comentaban entre sí:

- Mira, acaso ese no es el chamaco que le pagaste su primer palo y se lo bebió como si nada.
- Bah, que me voy a acordar. Ya a muchos hemos cogido de mingo para reírnos un rato.
- Sí, pero ése luego de pasarse el trago te puso en evidencia por algún mandado que no pagaste y te molestó.
- Y eso a ti que te importa, es asunto mío. A cada lechón le llega su Noche Buena. A hablar de otra cosa que ya me encojona el tema.


Juan Ricardo Germán
Ponce de León, Florida (EE.UU)






miércoles, 9 de noviembre de 2011

A la memoria de mi padre (IV)

Capítulo IV


Se recogió lo mejor que se pudo el patio. En su centro junto a la fuente se colocó el féretro. Con la tenue luz de los cirios se llevaron a cabo los rezos. Don Andrés, vecino del apartamento continuo, dirigió los rosarios.

     Al día siguiente en una ceremonia sencilla se efectuó el entierro. No hubo tiempo ni para la bendición del sacerdote, eran tantas las víctimas que dejó el santo, San Felipe.

     Doña Paca y Don Andrés, vecinos del edificio, comenzaron a debatir que se haría del muchacho, ahora ya con once años cumplidos.

- Doña Paca, ¿ahora quién se hará cargo de ese muchachito?
- A mí ni me preguntes, yo con mis seis apenas me alcanza. Por acá podría arrimarse, pero sin compromisos.
- Por mi puede seguir durmiendo en la cocina, eso sí espero que el casero no se entere, pues lo arroja. Como por ahí hay tantos vecinos metiche se les puede soltar la lengua.
- Entonces acabará como los otros que andan sin techo por esas calles y sin ninguna supervisión.


     Alejandro siguió durmiendo en la cocina y a su manera siguió ganándose el sustento ya fuese haciendo mandados u otros trabajos pequeños. Pero no duró mucho el arreglo, tal como había predicho Don Andrés uno de los vecinos alertó al casero del inquilino ilegal.

- Don Eusebio no es por nada. A mí me da igual, pero sabe que por las noches pernocta en la cocina un muchacho.
- ¿Pero cómo es que no me habían informado? Aquí se paga por vivir bien, no estamos en beneficencia, se deja uno y luego se nos llena residencia de ellos. ¿Cómo es que los demás vecinos no se han quejado?
- No, si yo no me quejo, pero si después falta algo no se vaya a sospechar de los que cumplimos.
- Estaré en vela, hasta hoy le llegó su día. Que se busque otra madriguera.


El bochorno que pasó con el casero fue humillante, desde entonces evitaba repetir de a mucho el arrimarse en un lugar particular. Se comenzó a pelear con los otros callejeros para lograr el mejor resguardo nocturnal. Con el transcurso del tiempo se ganó el respeto de los demás muchachos por ser bravo e inteligente. Luego de Herminio, que era el líder de la cuadrilla, era a él a quien acudían para resolver los problemas y rencillas.

- Alejo, el Chano me ha cogido de zuruma. Me envió a comprarle un bacalao y después que le devolví el cambio no quiso pagarme el mandao.
- La próxima vez tú cobras antes de darle el cambio. Bueno, que te pase para que aprendas. Pero como Dios no se queda con na de nadie, esta tarde lo agarramos en la taberna cuando esté bajito.

El Chano tenía fama de pendenciero al cual todos le sacaban el calzo, le trataba de a lejitos. El hombre entrado a sus treinta era de estatura mediana, pero fornido por la naturaleza de su trabajo. Trabajaba como estibador en los muelles de carga y ganaba su buena plata. Sus amigos eran de interés, ya que le gustaba darse su palo y pagar de vez en cuando las rondas a quienes les acompañaban. Estos, a cambio del ron gratis, tenían que celebrar las fanfarronerías del mismo. La verdad era que a pesar de su atractivo físico y su ingreso seguro ninguna mujer lo aguantaba por lo tosco de su trato. La última, Lucrecia, una muchacha hacendosa y de muy buenas costumbres desistió dar el paso semanas previas al casorio. Ello era la comidilla del día, pero sin que él se enterara. Desde entonces se había vuelto más a la bebida, dicen que para olvidarla.

     La taberna de la calle Luna era muy concurrida a tempranas horas de la noche. El estrecho local tenía un largo mostrador donde los parroquianos sentados en taburetes o a pie charlaban contando las incidencias de la jornada laboral, opinando sobre el beisbol o los acontecimientos políticos del momento. Empleando frases pre acordadas solicitaban bebidas al mesero, era la forma de poder obtener un trago burlando la prohibición oficial al licor. Según apuraban los tragos empezaban a hacer gala de su hombría contando lances amorosos fuesen reales o imaginarios.

     Los chicos callejeros se acercaban al local con tal de entretenerse escuchando los comentarios e historietas inventadas. Igualmente aprovechaban por ver si algo caía cuando los parroquianos, por motivo del consumo, se volvían generosos pagando a los demás. Chano era uno de esos.

- Eulogio sírveme acá dos palos, le voy a pagar uno al Alejo, a ver si ya de verdad es un macho.

Era costumbre ofrecerles un trago de ron a los muchachos para reírse de ellos cuando se arresmillaban al quemarse la garganta. El poder pasar el trago era muestra de hombría.

     Alejandro, ahora Alejo, que ya rondaba por sus catorce quedó algo sorprendido ante el ofrecimiento; pero lo vio como una oportunidad para a su vez desenmascarar al Chano. Los parroquianos se apostaron en círculo para ver el espectáculo.

- Toma muchacho para que sepas como bebemos los machos.
- Está bien generoso esta noche, venga acá y le demuestro.

Trago hondo, aguantando la respiración y apuró el palo. Se lo hechó rápido al cuerpo sin llegar a saborearlo. Sintió un calentón en todo su ser. Aguantó las ganas de vomitar, le ardieron los ojos en fuego pero reprimió las lágrimas. Todos le aplaudieron. El Chano hizo una muesca de asco. Él, que pensaba reírse viendo al muchacho desconcertado, quedó disgustado.

- Bueno, uno lo aguanta cualquiera, a ver si se aguanta otro.
- Deje eso Don Chano, ya con uno pasé la prueba; pero si quiere puede darme el dinero para pagarle el mandao que le quedó debiendo esta tarde al Oscar.

Resonaron las carcajadas, en particular los de la cuadrilla en las afuera del local.

- Mira parejero, así no se le habla a un adulto.

Tomando el vellón de cinco que costaba el trago lo arrojó de mala forma al suelo. Sin miramientos Alejo lo recorrió y salió corriendo para evitar que también le soltara una bofetada.


Juan Ricardo Germán




martes, 25 de octubre de 2011

A la memoria de mi padre (III)

Capítulo III

En los meses de vacaciones aprendió la rutina de la repartición de fiambreras y el anotar en una libreta lo que pagaban los clientes. Doña Crucita cuadraba las cuentas y se encargaba de cobrar a los morosos para hacer las advertencias correspondientes.

- Yo no soy caridad para que me cojan de zoquete, al que no me paga le monto el batahola del siglo para que todos los vecinos se enteren.

Durante ese verano hizo amistad con otros niños del mismo vecindario y durante las mañanas acudían hasta la playita de Punta Pará.

- Ya vas a ver qué fácil es eso de nadar y zambuir, una vez aprendes no sé te olvida.
- Y no tengas miedo, que aquí el que no se ahoga sale un experto.

La playa de Punta Pará estaba localizada a cinco o diez minutos de camino al este del Fuerte San Cristóbal, en la carretera norte hacia Puerta de Tierra que conduce al parque Muñoz Rivera. Se descendía por un atajo de piedra caliza hasta llegar a la arena. Allí de frente se agitaban las olas del Océano Atlántico que rompían en los arrecifes, dejando entre éstos y la orilla una poza tranquila donde los muchachos nadaban.

- Ten cuidado con no pisar los erizos que luego duele como demonio el sacar las espinas.

Luego de jugar en la orilla y acostumbrarse al agua, se iniciaba el proceso de aprender a nadar. Caminaban por la parte llana hasta el arrecife y luego con cuidado sobre el mismo hasta el centro de la piscina natural.

- Juanjo, ayúdame que aquí hay un valiente vamos a tirarlo.

Entre gritos y riserías lo tomaron de los pies y las manos lanzándolo en medio de la poza. Como gato boca arriba se comenzaba a agitar tal como le habían indicado hasta lograr llegar a la parte más llana donde los pies hallaron donde pisar. Algunos salían todos llorosos por el agua tragada, pero para que no los tildaran de cobardes volvían a repetir la hazaña. Con el tiempo mal o bien todos aprendían a nadar o mejor decir a defenderse en el agua.

- Ahora coge aire, así como yo, que se te llenen el pecho y te pones a nadar por debajo del agua. Mira a ver si puedes recoger esta piedra que voy a tirar al fondo.

Con esta lección práctica los nuevos nadadores aprendían el arte de zambuir que de gran utilidad le serviría en su futuro, pero que también sería motivo de desgracias.

- Muchachito tu cada día te me pones mas morenito, no debes tomar tanto sol. Un día de estos te confunden y creen que eres de Cangrejos. Hasta el pelo se te ha vuelto grifo. No quiero perderte y que por equivocación te manden para allá; después, ¿quién me  llevará las comidas?

Doña Crucita bromeaba con el bronceado de la piel de muchacho por sus continuas incursiones en la playa.

- Cuando empiece la escuela, fuera de los sábados no te quiero ver en esa playa.
- Si madrina como mande.

A mediados de agosto comenzó el nuevo curso escolar, se inició en su cuarto grado. La escuela normal situada próxima al Teatro Tapia era un plantel grande comparado al Colegio de Párvulos. Se brindaban clases del primero al octavo grado de elemental. Las clases como parte del proyecto de americanización se impartían en inglés. La gran mayoría de los docentes no dominaban tal idioma, excepto dos o tres americanos provenientes de Nueva Inglaterra importados para liderar el proceso.

- Good morning children. I am Mrs. Smith. This is the English class.
- Good morning Miser Esmit.

Los chicuelos repetían como papagayos las lecciones impartidas, adivinando por las ilustraciones en los libros a que se referían.

- Repeat after me. My dog says bow wow, mi kitten says meow.

Los niños repetían como autómatas tratando de imitar lo mejor posible a la maestra.

- Repit after mi. Mai dog sai bou  guau, mai quiten sai meau.
- No me imaginaba que los gatos y los perros en los niuyores hablaran diferentes que los de aquí. Parece que los gatos americanos se la pasan meando.

Entre reprimidas carcajadas los estudiantes se esforzaban en aprender de memoria aquellas lecciones.

     La adusta Mrs. Smith, en sí la señora Evangeline Smith, era esposa de un capitán asignado al Fuerte Brooke, antiguo San Felipe del Morro. Decidió acompañar a su marido y a su vez cumplir con la labor misionera para la iglesia episcopal. Según sus mejores intenciones era impostergable sacar a los nativos de la nueva posesión americana de la ignorancia cultural y religiosa hispana.

- La jincha papuja esa del moño parao se parece a la loca Marcolina. Si no fuese porque es maestra del difícil estaría para atar y meterla en al manicomio.
- Sra. Sánchez no diga eso. Recuerde que ella viene con buenas intenciones. Representa el progreso cultural de nuestra nueva metrópoli.
- No lo digo por lo que pueden enseñarnos, es por la forma en que quieren imponernos su cultura e idioma, tal como si nosotros fuésemos unos ignorantes.
- Chitón Sánchez, que pueden acusarla de sediciosa.

Entre los educadores existía la división entre los que apoyaban el proceso de transculturización y los que se oponían al mismo por considerarlo una afrenta al sentido nacional. En aquellos años se mal entendía que estos últimos defendían la preservación de los valores de la Madre Patria en vez de lo autóctono del país.

     Alejandro de vez en cuando escuchaba tales controversias pero no entendía el por qué de la discusión. Para él, al igual que muchos de su generación, todo era un asunto entre los adultos. Entendía normal lo que acontecía en su escuela. Mientras tanto proseguía su vida, sus tareas y sus afanes sin importarle tales disquisiciones. Comenzaba a encariñarse con su madrina.

     Comenzó con una fuerte brisa, se sucedieron los portazos y el volar de hojas en los árboles y arbustos. Los habitantes se miraban como preguntando. El cielo amaneció encapotado.

- Me parece que será como el 26 cuando soplo el viento fuerte y varios techos volaron.

La madrina le ordenó poner las trancas en las persianas y puertas del apartamento. Luego entre ambos retiraron la cama de la ventana.

- Por si viene lluvia con viento.

Hubo unos chubascos fuertes, pero más tarde salió el sol, aunque el viento arreciaba.

- ¿Madrina vendrá orto San Liborio?
- De San Liborio nos libre Dios. Pero por si las moscas bajemos a la cocina, allá es más resguardado.

Al medio día se dio la alarma.

- Huracán, huracán se avecina. Aseguren la propiedad y la vida.

De pronto resonó un martilleo general mientras la población trataba de asegurar sus viviendas. Comenzó el ulular del viento, los vientos recios, los vientos de galerna. Las negras nubes aceleraron su marcha. Se desató un relámpago, luego otro, luego miles, luego varios. El viento aceleró su paso.

- Mijo salgase de ahí que se están desprendiendo las planchas de zinc.

El chirrido en los techos se pronunció. Entre el estruendo del viento se percibían los golpes secos de los desprendimientos en las estructuras. Luego un sepulcral silencio.

- No salgan de los refugios esto no es más que el ojo del fenómeno que pasa.

Con la claridad, Don Romualdo se aventuró a ver los daños ocasionados a su zapatería. Un golpe de viento impulsó una plancha de zinc que le cercenó el cuello. Gritos de mujeres y niños se oían a lo lejos. Volvió a soplar ahora desde el sur el viento. Crujió con furia como queriendo arrancar de cuajo todo lo que quedaba en pie. A lo lejos otro grito desesperado, un olor a quemado, otra crepitación de estructura o árbol.

     Agachado en la cocina contemplaban el temporal. Imaginaban pero sin certeza que los estragos serían catastróficos. Al amanecer amainó el viento. Comenzó a salir la claridad entre las nubes. Doña Crucita beso a su ahijado.

- Déjame ver como ha quedado todo, espérame aquí hasta que regrese.

No regresó. La encontraron tiesa en medio del patio. Parece que murió de repente, sobrevivió la tormenta pero no el destrozo de su vivienda.




Juan Ricardo Germán
E-mail: amendezjr@hotmail.com





lunes, 17 de octubre de 2011

Amor filial - Abuelos

Pasada la hora de la siesta vespertina una amable voz interrumpiendo la música de fondo anunció por el sistema de altoparlantes:


- Por el buen comportamiento durante la pasada semana esta noche haremos una visita al Museo del Louvre.

No se oyeron los esperados aplausos que Sor Raquel anhelaba. Aparte de una u otra sonrisa, lo que prevaleció entre los quince o veinte internados fueron las caras de decepción.

- Por favor, Sor Raquel, hable con la Madre Superiora a ver si nos deja ver la novela esta noche, ya están en los capítulos culminantes y después se nos pierde la trama.

Habituada ya a estas repugnancias de los pensionados, Sor Raquel se limitó a contestar:

- Ya de novelas está llena la vida como para desperdiciar la ocasión de enriquecerla con un poco de cultura. Entre lo que vio ayer y verá mañana será fácil reconstruir el capítulo de esta noche. Después de todo serán un par de besos, alguna discusión entre los personajes y uno que otro llantén melodramático.

Doña Gloria sabía que no tendría más alternativa. Las monjas siempre se salían con la suya obligándolos ver las aburridas diapositivas de “visitas” a lugares refinados. No obstante ello, prefería verbalizar su contrariedad tal que constara y ver si algún día le devolvían la libertad de seleccionar a gusto el qué ver o hacer en las horas del asueto nocturnal.

     Haciéndose la de oídos sordos a los comentarios de la pensionada, Sor Raquel continúo empujando la silla de ruedas de Don Eulogio a fin de colocarlo en el salón de entretenimientos.

- Sor Raquel, Dios por fin atendió a mis ruegos. Me avisaron que mañana mi hijo vendrá a visitarme.


- Me alegro Don Eulogio, uno nunca debe rendirse. Dios siempre escucha nuestras peticiones. Él siempre nos conduce por senderos misteriosos.

Don Eulogio sostenía la conversación con la Sor, empleando premeditadamente un mayor volumen en su voz, tal que todos a su alrededor se enteraran.

- Siempre se los he dicho, aunque algunos no me han creído. Tengo un hijo que me quiere, pero debido a sus muchas obligaciones, usted sabe como son los trabajos hoy día, no ha tenido oportunidad de visitarme.

Los pensionados que estaban alrededor se miraron entre sí intercambiando unas miradas de compasión y otras de ironía.

- Desde la trágica muerte de Amparo nunca más he vuelto a hablar en persona con mi hijo. La gente me decía que él nunca superó el trauma de nuestro divorcio, no sé por qué. Siempre le proveí el sustento material y aún después de todos estos años, en la carta mensual le envío religiosamente su mesada. Mientras perduró el matrimonio con su madre precaví de guardar las apariencias, aunque todos conocían de mi relación sentimental con la secretaria. Esperé a que fuese mayor de edad, fue entonces que decidí romper con toda aquella farsa matrimonial de veinticinco años. En aquel entonces cedí la mayor parte de lo que me correspondía de los bienes gananciales a favor de mi hijo y su madre. Al no ser nuestro divorcio una ruptura contenciosa mantuvimos una relación armónica. Una vez divorciado me abstuve de casarme nuevamente, para ese entonces ya la secretaria había sido sustituida por otras aventuras amatorias. Asistí a la boda de mi hijo y como regalo de boda pagué el costo del viaje de luna de miel a Florencia. Amparo y yo desfilamos juntos en la ceremonia al igual que lo hicimos en el bautismo de nuestros dos nietos; cumplimos fielmente con todas las formalidades sociales esperadas.


     Luego de diez años de divorciado decidí contraer segundas nupcias con Brenda. Entonces, al parecer se rompió la ilusión de que algún día mi hijo regresaría junto a su madre. Él y los nietos dejaron de frecuentarme. En mis visitas a su residencia percibí la frialdad y el distanciamiento, por ello decidí no imponerles mi presencia en su vida. Me limité al envío de la correspondencia mensual.


     La pobre Amparo murió en la que fue nuestra residencia de casados. Dicen que fue por un coma diabético, con lo tanto que le advertí que se cuidara de la condición. Aunque separados siempre mantuvimos comunicación. Auxiliado por Brenda me encargué del funeral. Allí nos reunimos todas las viejas amistades del barrio y los familiares. De parte de Amparo sólo quedaba una hermana mayor, la cual mandé a buscar con el chofer a Fajardo, porque carecía de transportación. Mi hijo y los nietos, que ya eran mayores, me dieron un espaldarazo al momento de sacar el ataúd. El encuentro se prolongó hasta la cena que efectuamos al concluir las exequias fúnebres. Más tarde todo ha sido silencio.


     Me separé de Brenda hace un par de años, decidió probar fortuna con un político en ascenso. No sólo se rompió la relación sino que en el proceso se quedó con las ferreterías que poseíamos. En aquel entonces le escribí a mi hijo en la carta mensual mi venida a menos. Nunca recibí una respuesta directa, pero se preocupó, por lo que le comentó al compay Julián:


- Mira a ver ese pai mío es como la yerba mala, aunque la pisen nunca muere.


Sentí orgullo de sus palabras, aún de una forma peyorativa demostraba quererme. Luego más tarde fue que me dio el ataque. Ahora dependo de esta silla de ruedas y la bondad de este asilo.

La noche transcurrió rauda. Aprovecharon la momentánea salida de Sor Raquel al retrete y aceleraron las diapositivas del Louvre.

- Virgen Santísima que rápido ha sido la presentación apenas llevamos quince minutos y ya está próxima a concluir.

Doña Gloria sonrió sarcástica a la Sor pensando para sí, "por lo menos podré ver el final del capítulo". A las diez de la noche dieron el primer aviso para que los ancianos se retiraran a sus recámaras. Don Eulogio, sin necesidad de ocupar a Sor Raquel, guió la silla hasta su alcoba. Iba feliz, mañana irían a visitarle.

     Más tarde, en la noche, mientras la Feliciana recogía el salón de actividades encontró debajo de uno de los butacones un cheque de quinientos dólares, el que Don Eulogio enviaba mensualmente al hijo. Interrumpió su labor y se lo llevó directamente a Sor Juana.

- Bendito sea Dios, al viejo al parecer se le extravió este cheque el mes pasado. Iré a colocarlo en su mesita de noche así lo encontrará en la mañana.

25 de mayo del 2010
Toa Baja, Puerto Rico

Juan Ricardo Germán
E-mail: amendezjr@hotmail.com




miércoles, 12 de octubre de 2011

A la memoria de mi padre (II)

Capítulo II


El 14 de junio del 1925, en medio de un cielo grisáceo y una pertinaz llovizna, partió el vapor "Delaware" con rumbo al puerto de Nueva York. Desde el muelle se agitaban blancos pañuelos dando el adiós a los emigrantes. Saltaba una que otra lágrima de parte y parte; una novia que ve partir a su amado o una madre que desconoce si volverá a ver a su hijo. Igualmente hay sonrisas de esperanzas en que los que parten conseguirán un mejor futuro en el continente y algún día regresen triunfantes al lar nativo.

     Doña Griselda no tuvo el corazón para acercarse a la baranda. De lejos divisó aquella manita agitando su pañuelo para decirle adiós. Fue Antonio el que vendió a Doña Crucita lo útil que le podía ser el niño.

- Mire el muchacho no requiere de gran cosa, un camastro y lo que a usted le sobre de comida. Ya está en la edad de hacer mandados y puede aprovecharlo de repartidor para llevar las fiambreras a sus clientes. Así hasta se ahorra un sueldo.

Doña Crucita después de cavilar un poco contestó:

- Pueden dejármelo, ahora parte del ingreso se va en pagar al repartidor. Eso sí, espero que no sea mañoso.
- Él ha estudiado estos tres años en el Colegio de Párvulos; usted sabe que las monjas instruyen muy bien en eso de Dios y sus Mandamientos.
- No me lo adobes mucho que del agua mansa…., de dioses y mandamientos está lleno el mundo y mira a ver tú, para qué.


La noche previa se había puesto su coraza de valentía cuando razonó con el niño los motivos para partir a Nueva York. Le explicó que se quedaría con Doña Crucita por si regresaba su madre. Se lo expuso en sencillas palabras con dulzura; aquella dulzura que le había negado para no encariñarse con él y luego lamentar si su madre regresaba a quitárselo. Le dijo lo buena que era la señora con quien se quedaría y que le escribiría. Le recordó siempre rezar sus oraciones “Con Dios me acuesto, con Dios….”, el Padre Nuestro, el Ave María; que esa madre y su padre del cielo siempre le protegerían. El niño se acostó apenado, lloró en silencio, pero no dijo nada.

- Mira, si ya ni se le ven las caras, así que mejor nos vamos. Tengo que preparar la comida para esta tarde y decirte las reglas de la casa.

Alejandro, enjuagando una lágrima, cambió el semblante; le sonrió y se asió de su mano.

     La fonda de Doña Crucita era en sí un ventorrillo, una puerta, localizada en la calle Tanca. A pesar de vender a transeúntes, en particular los estibadores del muelle, su fuerte era la distribución de fiambreras a los residentes de la periferia.

     Vivía en el mismo edificio, en un apartamento del segundo nivel al fondo del patio interior del inmueble. El mismo consistía de un amplio cuarto dormitorio, una salita de estar que daba al balcón y una covacha mediana donde se colocaría el catre del chico. Para el negocio ocupaba un extremo de la cocina comunal; para ello pagaba adicional al alquiler de su apartamento. La puerta de la cocina que daba a la Tanca hacía las veces de mostrador para atender al público.

     En el patio interno del edificio se localizaba una fuente, que previo a la instalación de las modernas cañerías, era utilizado como cisterna para abastecer de agua a los inquilinos. El área del patio regularmente era sitio para tenderetes y se empleaba según fuese menester como salón de celebración de festividades o capilla fúnebre. En el perímetro del patio se encontraban las facilidades comunes tal como la cocina, la lavandería, los fregaderos, las duchas y los retretes. En las dos puertas laterales a la principal una era ocupada por la fonda y otra por una zapatería. Los dos pisos superiores eran ocupados por las familias inquilinas, que dependiendo del número de los miembros de las mismas era el tamaño del espacio alquilado, siendo el de Doña Crucita uno de los de menor tamaño.

- Hijo aquí serás donde duermas. Tienes que hacer tus necesidades antes de acostarte, Una vez yo cierre la puerta de noche nadie entra o sale. Si tienes necesidad usarás la bacineta. Todas las mañanas te encargarás de vaciar las bacinetas en el retrete y luego las enjuagas. A eso del las cinco comienzo el día preparando frituritas y emparedados para el desayuno. A más tardar te quiero listo allá abajo a las siete y no te olvides nunca de poner el candado en la tranca de la puerta.


- Te voy a matricular en la escuela normal, pero tendrás que ir por tu cuenta, que no puede quedarse el negocio solo. A más tardar te me regresas a las tres de la tarde para comenzar con la repartición de fiambreras. Sobre la ruta y el cobro luego te explico.


- No quiero travesuras ni recibir quejas de tus maestros; mucho menos que te dediques a la ratería o al ocio. Anda listo si no quieres recibir la pela que se le perdió a Magollo, yo para zurras con las manos me basto. Para el que te pregunte, le dices que soy tu madrina, quien quiera más información que venga y me pregunte.

Alejandro escuchaba a la señora sin entender la mitad de las cosas que decía. Pero solo tenía la seguridad que no estaría desamparado como otros niños de su edad que vagabundeaban por la ciudad. El se conocía todas las calles, por lo que no preveía dificultad en ser repartidor. Lo que no le hacía gracia era eso de encerrarse de noche y tener que vaciar las bacinetas en la mañana. En casa de Doña Griselda no se encerraban, pero allá vivían más personas.




Juan Ricardo Germán
E-mail: amendezjr@hotmail.com



domingo, 25 de septiembre de 2011

A la memoria de mi padre (I)

Capítulo I


Se aproximaba la hora de llevar al niño hasta el colegio. Ella se desesperaba pues el chico no aparecía.

- ¡Alejandro…!
- ¡Alejandroooo!


Daba voces tratando que se apresurara; no quería recibir nuevamente una amonestación de la Sor por traer al niño tarde.

- Madre cálmese a lo mejor se ha retrasado en el retrete, usted sabe que muchos lo ocupan a esta hora antes de partir a sus quehaceres.

Antonio siempre trataba de inventarse alguna excusa para que su madre no fuese a regañar al muchacho.

- Pues desde mañana le levanto más temprano, tal que esté media hora antes de salir listo. Imagínate si no es ahí, donde podrá aprender algo.

Doña Griselda, la planchadora del barrio, quería al niño; pero su mayor preocupación era que se hiciese un hombre de bien. Era lo que había encomendado la madre del muchacho antes de que se la llevaran.

- Por caridad cuídamelo. Yo no estoy bien y no sé cuando pueda volver a verle.

Ya habían transcurrido seis años. Griselda, que ya tenía suficiente carga con sus tres, no tuvo corazón para negarse. Recogiendo las escasas vestimentas se llevó a la diminuta criatura para criarle con la esperanza que su madre sanase en breve tiempo y devolvérselo. Nunca pasó por su mente que aquella separación fuese a ser tan prolongada. Por ello siempre le dijo al niño la verdad, que su madre estaba de viaje y algún día regresaría a buscarle. Desde que Alejandro tuvo uso de razón aceptó como buena la explicación, en todo caso otros de sus compañeros en el colegio tampoco vivían con sus madres ni sabían que era eso.

     El Colegio de Párvulos situado a cuatro cuadras de la Calle del Cristo era una institución educativa religiosa. Fue fundada en la segunda mitad del siglo XIX, último de la dominación española. En el mismo se enseñaba las primeras letras y números a los menores de diez años residentes en la parte antigua de la ciudad. Las hermanas de la Orden Guadalupana impartían los conocimientos elementales y los principios espirituales con amor pero también con rigurosidad.

     El pequeño edificio de mampostería consistía de cuatro amplios salones, un pequeño patio interior, la oficina y la capilla de oración. Todo ello con una hermosa vista hacia el Océano Atlántico, ya que la calle paralela adyacente queda a un nivel inferior. El segundo piso de la edificación era el destinado al convento.

     Acudían al aula párvulos de todas clases sociales. El amor cristiano no discriminaba, eso a los que provenían de familias con suficientes ingresos se le asignaba una matrícula de acuerdo a su capacidad. Con ese ingreso, los patronazgos fijos, los donativos esporádicos y las renuentes aportaciones del obispado, que hubiese preferidos religiosas del norte, alcanzaban para cubrir los costos del grupo de becados. Los gastos de las sores se financiaban aparte, pues eran subvencionados por sus familiares y aportaciones desde la sede de la orden en la Madre Patria.

     Por fin apareció el muchacho y tirándole de la oreja añadió:

- ¿Qué no te las lavaste bien? Esta tarde te las dejo como nuevas, hace rato que te estoy llamando, no quiero te vuelvan a regañar por tardanza.

De prisa subieron por la calle Cristo hasta la del Sol y luego directo hasta el Colegio.

- Ave María Purísima
- Sin pecado concebida
- Ahorita mismo comenzaba a repicar la campana para que entren en la capilla. Te salvaste de un campanazo.

Alejandro sonrió a Sor y sin esperar a más corrió junto a sus compañeritos.

- Es un buen muchacho, sólo un poco intranquilo.
- De lo que hablamos los otros días ya tienes algo pensado.
- No sé qué hacer, apenas me alcanza con lo que plancho. Tendré que apuntarlo en la escuela normal, que pena que ustedes sólo lleguen a tercer grado. Aún me den una beca allá en San Agustín no tendría para el uniforme y los cinco centavos de la merienda diaria.
- Una pena, tiene una gran capacidad de aprender.

Doña Griselda regresó lentamente, por desgracia esa no era la única preocupación en esos días. La crisis económica en que se había sumido el país luego del corte de comercio con la península y la estrangulación del mercado local por los nuevos señores para monopolizar con sus productos y empresas, precipitaban la emigración. Eran varios los destinos. Aquellos con familiares en España conseguían acomodo con sus parientes; los que contaban con recursos se movían hacia Santo Domingo para comenzar nuevamente sus negocios. Los obreros partían hacia el norte, ya fuese recogiendo frutos en las granjas agrícolas o como operarios en los talleres industriales.

- Madre no podemos seguir aquí, nos está comiendo la miseria. Pablo me escribió desde Nueva York dice que allá hay muchas fábricas y se consigue empleo. Él aprendió suficiente inglés para entenderse con el “boss”, los demás del barrio hablan español como nosotros. Usted sabe a conciencia que ya la gente apenas le trae ropa y a otros le plancha por caridad pues no tienen con qué pagar.

En sus adentros sabía que lo que el hijo decía era cierto. Él, a sus veintidós años, era un ejemplo viviente, no encontraba trabajo. Sus dos hijas tampoco tendrían futuro. ¿Quién se casaría con unas muchachas sin dote? Las estrecheces comenzaron diez años antes con la muerte de su marido a causa de tuberculosis. Desde entonces con su plancha y el pequeño caudal del difunto había podido sufragar las necesidades del hogar. Justo ayer el casero le había dado aviso de que si no pagaba el alquiler tendría que desahuciar.

- Antonio, hijo, ten fe que Dios aprieta….
- Si, pero al parecer desde hace tiempo también nos ahoga. Mire ya llevo meses sin poder traer un céntimo.

La idea de mudarnos hacia el interior y vivir de la agricultura, ni pensarlo. ¿Acaso no ve como la gente del campo sale de allá para amontonarse alrededor de la ciudad para más tarde saltar el charco e irse a Nueva York?

- ¿Pero Antonio, que yo hago con ese niño?
- Madre, nos lo llevamos.
- ¿Pero si regresa su madre, que va a pensar, es su hijo?
- ¿La mujer aquella? No se sabe donde la llevaron, sabrá Dios si aún vive. En todo caso si nos vamos a la miseria no tendremos para nosotros ni para él. Piense en nosotros sus hijos, a lo mejor lo puede dejar en algún orfelinato, o en casa de alguna persona caritativa como usted misma. Será en lo que nos establecemos, luego mandamos a buscarlo.




Juan Ricardo Germán
E-mail: amendezjr@hotmail.com



Continúa en el Capítulo II



domingo, 18 de septiembre de 2011

Los tres de allende los mares

Querido hijo:

No te he comprado nada, no lo haré hasta la semana que regrese a casa de este viaje que he hecho para conseguir un empleo; no vaya a ser que se pueda estropear. Sin embargo voy a aprovechar a contarte un cuento que tus hermanos saben pero nunca te han querido contar. Esto me enteré cuando tenía más o menos tu edad. Es la historia de Los tres de allende los mares.

     "Todo movimiento de personas que se desplazan sobre el globo terráqueo, en especial cuando se trata de largas distancias, atrae la atención de sus congéneres. Tal fue el caso de nuestros amigos cuando llegaron a esta ínsula camino al Campamento Guajataka. Eran Tulio, Eskeban y Alejandrino.


     Tulio el mayor de ellos era de complexión morena y poseía una blonda cabellera. Eskeban era alto, blanco, de pelo hirusto color bermejo. Por su parte, Alejandrino se parecía más a nosotros, aunque sus ojos eran intensos de un color añil.


     Los tres provenían de una isla equidistante entre los continentes americano, europeo y africano. La historia de su pueblo se remontaba a los arcaicos tiempos en que se produjo el hundimiento de la Atlántida, sí la misma Atlántida que fue mencionada por Homero y los egipcios como desaparecida hace más de diez milenios.


     Aunque sabían nuestro idioma Tulio, Eskeban y Alejandrino lo hablaban con un acento peculiar, similar al acento vasco. Eso fue lo que me informaron, aunque no puedo dar fe personal de ello por no conocer ninguna persona de esos lares.


     El cómo y porque Tulio, Eskeban y Alejandrino decidieron venir hasta Guajataka es digno de contar. Comenzó un día de verano mientras el joven Alonso Rivera se encontraba a las orillas de la playa. Había acudido junto a su familia al pasadía, pero aburrido de que sus hermanos mayores no le hacían caso y cansado de jugar con su hermano menor aprovechó un descuido de sus padres y se dirigió a un extremo solitario del balneario. Al llegar a ese extremo pensó: 'Me gustaría conocer personas diferentes de otras razas y latitudes. Que tal si les envío un mensaje'. Divisando una botella vacía de un elaborado vino francés, extrajo de su mochila la libreta y escribió la siguiente nota:


- Soy Alonso, me gusta jugar e ir al Campamento Guajataka. Si alguien encuentra mi nota que me escriba.


Presto, arrancó la hoja de su cuaderno y la introdujo en la botella. Colocó un corcho y sacando todas sus fuerzas la arrojó a las rugientes aguas del Atlántico océano. Corriendo volvió al lado de la familia antes que lo echaran de menos. Los mismos se preparaban para regresar al hogar pues según avanzaba el crepúsculo se multiplicaban los enjambres de zancudos y majes haciendo su escante. Se encontraban en la afamada playa Mosquito del litoral norte.


     Aciagos días pasó la botella con la nota bamboleándose al ritmo de las olas en alta mar. Al cabo de varios meses arribó a las orillas de un acantilado, en la isla equidistante de los tres continentes. Inicialmente fue ignorada, posteriormente fue pateada por un borracho al darse cuenta que no contenía el anhelado vino.


     Más, en una bonita mañana, cuando Tulio caminaba hacia su escuela la divisó y apartó hacia unos matorrales para recogerla en el viaje de regreso. Ese día estuvo muy aplicado en sus tareas y fue compensado cuando la maestra le puso una estrellita en la cartilla. Al salir se juntó con Alejandrino para ir jugando de vuelta al hogar. Volaron sus chiringas a la vez que caminaban y a Tulio por poco se le olvida la botella. Por suerte al pasar por ese lado del camino un rayito de sol hizo resplandecer el noble envase y el mismo fue descorchado al instante por los dos amigos. Llenos de curiosidad sacaron la nota y leyeron el mensaje. Cuál no sería su perplejidad ya que aunque la nota mencionaba al Campamento Guajataka no hacía referencia al país de procedencia.


     Intrigados por este hallazgo fueron esa noche a casa de Eskeban a ver si él podía ayudarles a descifrar el enigma. Eskeban cursaba estudios en otra escuela y era miembro de los Jóvenes Pioneros Internacionales. Al ver las palabras campamento y juego, razonó que tal vez se trataba de algún muchacho de su edad que vivía al otro lado del océano; aunque su nombre, Alonso, no era similar a los empleados en su isla; buscarían más información. Invitó a Tulio y Alejandrino que le acompañaran a la reunión de los pioneros que se celebraba los viernes por la noche en la parroquia que estaba camino hacia la playa.


     Acudieron a la reunión y conocieron a otros niños de su edad divirtiéndose de maravillas. Les resultó gracioso eso de formarse en filas, hacer ejercicios, decir juramentos, contestar preguntas que harían en caso de que les pasara tal o cual imprevisto estando solos en una jungla, y cosas así por el estilo. Concluida la reunión y los juegos se aprestaron a ir a donde Don Palechio, consejero adulto del grupo, para consultar sobre la nota. Don Palechio, un señor ya entrado en años, le pareció inicialmente una chanza de los jovenzuelos. Ante la insistencia de éstos y la seriedad que mostraban comentó:


- Los orientaré sobre qué hacer para descifrar de dónde vino esa nota, pero ustedes tendrán que hacer el trabajo de resolverlo.


Encaminándose a una buhardilla situada al fondo del salón de reuniones abrió una pesada puerta y extrajo unos grandes libros. Uno de ellos era un mapamundi y el otro una enciclopedia de información sobre los países y los idiomas que se hablaban en cada uno.


- Tienen que buscar en estos dos libros para determinar el país de origen de esa nota. Se los prestaré por esta semana pero tienen que regresármelos el próximo viernes.


Como era ya tarde, de noche, los amigos emprendieron rápido el viaje de regreso a sus casas. Por el camino comenzó una fuerte lluvia con relámpagos y truenos. Temerosos que se fuesen a mojar los libros de Don Palechio se refugiaron en una cueva. La cueva era oscura y de un lado de ella emanaba un olor hediondo que a cualquiera le daría ganas de salir corriendo y dejar los mamotretos allí tirados. El viento ululaba por las madrigueras de murciélagos y ratas. Las serpientes se arrastraban buscando refugio en los nichos más recónditos de la gruta. De súbito una luz brillante iluminó la cueva y a los pocos segundos estallaba un trueno ensordedor, entonces con espanto vieron el esqueleto abrazado a un cofre. Metiéndose los libros bajo las camisas salieron corriendo desesperados para llegar a sus respectivos hogares. Los padres, que ya estaban inquietos por la tardanza de los muchachos en aquella noche tormentosa, les recibieron con alivio.


     A las seis cantaron los gallos al salir el sol, amaneció despejado. Luego de hacer sus deberes semanales: recoger y limpiar el cuarto, ayudar en la casa y hacer los mandados al colmado; el grupo de amigos pudo reunirse al mediodía. Abrieron los libros y comenzaron a estudiar los mapas descartando posibles sitios de donde pudo haberse generado el mensaje. Eliminaron a la China, el Japón, la India, Australia y los países asiáticos en general. Estimaron imposible que llegara de algún país sur americano que sólo tuviese costas en el Pacífico. De forma similar hicieron con aquellos africanos que dan sólo hacia el Índico, tal como Madagascar, Mozambique o Somalia.


     Centrándose en los posibles países de donde pudo surgir el enigmático mensaje pasaron a consultar el otro libro que le proporcionó Don Palechio, el libro que contenía los idiomas. En esta isla equidistante de los tres continentes se habla el portugués, por eso los tres jóvenes decidieron excluir a Portugal, Angola y Brasil. El mensaje no estaba escrito en su idioma natal. Aún con ello quedaba una pléyade de posibilidades entre los países de habla española. Cansados de tanto estudio e investigación dejaron de lado los libros para ir a jugar con las canicas y a la vez comentar sobre la experiencia de la noche anterior en la cueva.


     A eso de la media tarde regresaron a sus hogares para hacer la merienda, que es lo que se acostumbra por esos lares, pues hasta las ocho no se cena. La mamá de Alejandrino le preguntó qué habían estado haciendo, pues contrario a otros días de asueto la ropa no se veía manchada de tierra y sudor por los juegos. Él le narró a su madre la historia de la botella, y la madre le dijo:


- Muchachito, me hubiese preguntado que yo se lo decía a tu papá. En sus años de mozo trabajó como marino mercante y recorrió en barcos todo ese litoral, al igual que el Gran Almirante siglos ha, por eso es que le apodan Alejo Corremundos. Espera a que él llegue del trabajo en la pescadería, seguro que podrá ayudarles.


Por su parte, en la casa de Eskeban, éste le manifestó a su padre la inquietud que traía con la nota. El padre le declaró:


-Hijo, yo cuando joven viajé con mi padre por tierras de América, en particular visitamos las Antillas Mayores donde ese nombre que mencionas me recuerda algunos de los que emplean para nombrar sus comarcas. Me acuerdo de Camagüey, Guayanilla y Yaguate, entre otros.


Reuniéndose después de la siesta, a eso de las cinco, Alejandrino y Eskeban le comunicaron a Tulio lo que comentaron en sus casas. Decidieron hablar con Don Palechio al fin de juntar todos los papás y por fin descifrar el misterio. El bondadoso anciano acogió la idea con agrado citando una reunión el martes por la tarde en la cantina cercana a la pescadería.


     Ese martes todo era excitación entre los adolescentes, además de Don Palechio y los progenitores se unieron a la discusión los parroquianos del establecimiento. Cada uno aportaba su opinión basada en las experiencias surcando los mares o en sus conocimientos geopolíticos aprendidos en la escuela. Finalmente concluyeron que de acuerdo a la morfología de la nota la misma estaba escrita en español y su procedencia era la isla de Borinquen.


     Unánimemente respaldaron la sugerencia de Don Jao, dueño de la taberna, para que se escribiera a Lisboa tal que el cónsul portugués consiguiera la dirección de Alonso. Tulio, Eskeban y Alejandrino no cabían en sí, entusiasmados por todo lo aprendido y la expectativa de conocer al incógnito amigo. Tal fue el caso que, entrelazando unas y otras iniciativas unidas a la visión en la cueva la noche de la tormenta, lograron obtener los fondos necesarios para realizar el viaje.


     En la mañana del 22 de marzo del año 1962 se encaminaron a la capital, Ponta Delgada, y adquirieron sus pasajes de avión para volar a Puerto Rico. Los contactos que hicieran por mediación del cónsul permitió que hicieran sus reservaciones en Guajataka para la última semana de junio. Se habían enterado por medio de los contactos con la organización equivalente a los Pioneros Internacionales que el que originó el mensaje estaría allí".

Sobre la tremenda sorpresa que se llevó Alonso ese día del encuentro, al saber que su mensaje había sido recibido por alguien y todo lo acontecido a los cuatro jóvenes durante esa semana de campamento, te lo contaré en otra ocasión.

     Tal fue el caso que aprendimos: A nunca perder la fe en que nuestros mensajes, por más lejanos que se remitieran o por más que tardasen en contestarse, siempre llegarían a un feliz término. Por su parte Tulio, Eskeban y Alejandrino obtuvieron el resultado de hacerle caso a Don Palechio y ser consecuentes en su búsqueda del enigmático origen de la insignificante botella enviada por Alonso. De esta manera lograron hacer la travesía de su vida que siempre recordarán.

Sin nada más por el momento.

Te quiere, tu padre.

Juan Ricardo Germán
E-mail: amendezjr@hotmail.com

En la Florida, Junio 1997