martes, 15 de noviembre de 2011

A la memoria de mi padre (V)

Capítulo V


- ¡Alejo! Llega un barco el martes. Pide permiso en la tienda, que vienen turistas de dinero según me dicen.

     A sus quince años Alejandro ya era empleado temporero en los Almacenes la Giralda. Se ocupaba de acomodar la mercancía importada en el depósito central y desde allí surtir los estantes de los diferentes departamentos de la tienda.

- Veré a ver que me invento. No me gusta quedar mal con Don Juan, el gallego es estricto en sus cosas.

     Conoció a Don Juan Urrutia, el dueño de la Giralda un día en la plaza mientras lustraba zapatos. El don quedó satisfecho con el brillo del calzado y le dio cinco centavos en vez de los tres que era usual. Desde entonces fue un cliente habitual del muchacho. Así, poco a poco, se conocieron. Fue reclutado inicialmente para hacer mandados, más tarde como repartidor a domicilio de los clientes próximos a la tienda. Meses más tarde lo acomodaron en el almacén donde recibía una peseta por día de trabajo, aparte de las propinas por las entregas realizadas. Con el salario devengado logró tener cama fija en el apartamento de Don Andrés, antiguo vecino de su finada madrina. Ya contaba con dos mudas de ropa presentables, aparte de la ropa diaria de trabajo.

     Herminio insistió.

- Me dicen que son gente de alto copete, de mucha lana los que vienen. No le dejaremos el botín a los esmallaos de Cataño.
- Cuenta conmigo, le diré a Don Juan que me encuentro indispuesto con un dolor de cabeza por un resfriado.

     El martes el vapor Concorde arribó al puerto de San Juan. El trasatlántico de lujo había partido una semana antes desde Nueva York transportando una clientela selecta. Era un grupo de la alta sociedad huyendo de los rigores invernales. Venían con la curiosidad de ver el recién adquirido territorio y conocer los nativos. Descendientes de los Morgan, Rockefeller, Vanderbilt, Carnegie, Armstrong y Couger, junto a sus amistades y servidumbres, aprestaban a valorar las oportunidades que pudiese ofrecer la isla para sus intereses. A la vez hacer aportaciones caritativas para contribuir a la civilización de los isleños.

- ¡Mira, mira! Lo que tiran no son vellones, son pesetas.

     A cada tirada de monedas por parte de los visitantes una retahíla de chicuelos se tiraba a zambuir para lograr su dinerito. Los turistas del Concord sonreían con los esfuerzos de los muchachos en la búsqueda de las monedas.

     Bajo el ardiente sol del mediodía se podía apreciar a través de las traslúcidas aguas a los nadadores sumergirse para capturar las anheladas monedas. Además de la cuadrilla capitalina, tal como se esperaba, la voz se había regado hasta el otro lado de la bahía, y los muchachos de Cataño se encontraban presente en búsqueda de su tajada.

- Los afrentaos esos siempre se enteran cuando viene un barco con gente importante. Si fuese uno de pasajeros comunes no tendrían tanto afán.

     Mientras tanto en la cubierta del Delaware una pareja comentaba:

- These boys are really something; let’s see when I start throwing silver dollars.
- Nelson please, doesn’t fool with those poor kids. If you want to help, give that money to the mission charities.
- Will do, but let’s see the boys enjoying themselves. It’s fun for them.

     Alejandro, experto en estos menesteres, no gastaba sus energías detrás de monedas de poca monta. Sabía que llegando al final es que se lanzaban las monedas de más valor.

- Alejo, siempre pendiente, esperando a ver si los de la banda allá se cansan. Hasta ahora el Guillo se ha llevado la mejor parte; los muy sobraos.

     Guillermo, mejor conocido como Guillo, era un joven nadador de Cataño un poco más joven que Alejo. Años más tarde haría historia al ganar la primera competencia del cruce a nado de la Bahía de San Juan y representar al país en los Juegos Panamericanos de Panamá.

- Tranquilo Herminio, veremos a ver cuando comience a llover dinero de verdad, a ver quien se lleva el botín.

     A la distancia se vio el relucir del brillo del primer dólar de plata. Se creó la expectativa produciéndose un momentáneo silencio. Ahora comenzaba la competencia fuerte, donde se dejaba que sólo los mejores nadadores fuesen tras los premios. Al momento que la moneda surco hacia el espacio; Herminio y Alejo por San Juan y Víctor y Guillermo por Cataño se erguieron para determinar donde impactaría. Resueltos se lanzaron en frenético nado para llegar primero al sitio determinado. Guillo demostró mayor rapidez, pero la moneda comenzó a hundirse; era necesario zambuir. Los cuatro se sumergieron comenzando bajo el agua la descomunal batalla. Se entrelazaron piernas y manos; se suscitaron empujones y jalones de lado y lado. Cada pareja luchando en equipo, uno para conquistar la presa y el otro para aguantar al adversario. Al fin, Alejandro se alzó con la moneda.

     Al subir a la superficie, Víctor le regresó el pantalón que le había quitado a Herminio en la pelea. Todos se echaron a reír. Por cerca de media hora más continúo repitiéndose la competencia por otras monedas de uno y de cinco dólares. Cada grupo se sintió satisfecho, aunque la cuadrilla de San Juan, en particular Alejo, cargó con más de cuarenta pesos. Suma superior a cuatro meses de sueldo. Luego de repartirle a cada uno al menos una peseta, los convidó a la taberna de Eulogio para pagarle un refresco.

     Eran las cinco de la tarde y algunos de los clientes fijos comenzaban a pulular cuando llegó el entusiasta grupo.

- Don Eulogio, un refresco para cada uno de los que vienen conmigo, que hoy pago yo.
- ¿Muchacho, que te pegaste en la lotería? Ahora mismo los sirvo.

     Entre risas y bromas comentaban las incidencias de aquella memorable tarde. En un extremo de la taberna escuchaban atentos tres parroquianos, comentaban entre sí:

- Mira, acaso ese no es el chamaco que le pagaste su primer palo y se lo bebió como si nada.
- Bah, que me voy a acordar. Ya a muchos hemos cogido de mingo para reírnos un rato.
- Sí, pero ése luego de pasarse el trago te puso en evidencia por algún mandado que no pagaste y te molestó.
- Y eso a ti que te importa, es asunto mío. A cada lechón le llega su Noche Buena. A hablar de otra cosa que ya me encojona el tema.


Juan Ricardo Germán
Ponce de León, Florida (EE.UU)






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